Hasta Messi se fue

El retiro de Messi deja una imagen incómoda. Se fue siendo el mejor. Nadie lo desplazó, no perdió vigencia y ninguna derrota lo empujó a la salida.

En el fútbol el cuerpo pone límites y tarde o temprano aparece el reemplazo. La política no tiene ese reloj. Un dirigente puede dejar el gobierno y seguir ordenando el tablero, no competir y seguir bendiciendo candidatos, no ocupar un cargo y conservar el veto. Hasta puede convertir una banca en escudo: llegar al Senado no para legislar sino para no ser juzgado.

Por eso sirve para pensar a esos liderazgos que construyeron un movimiento entero alrededor de su propia figura y que, durante años, fueron la referencia inevitable de su espacio. La pregunta no es cuándo deberían irse, sino cuándo empiezan a pesar más desde otro lugar.

Ahí está la paradoja: cuanto más grande fue un liderazgo, menos espacio quedó para que otro creciera, y esa misma fortaleza termina siendo la debilidad de lo que se construyó.

Alfonsín entendió algo parecido. Supo que no iba a volver a ser candidato y no se aferró al cargo, pero no desapareció: se reinventó como consejero, como voz moral del radicalismo, como el que ordenaba desde otro lugar cuando el partido lo necesitaba. Dejar la primera línea no fue su final, fue un cambio de función.

Messi eligió lo mismo antes de que alguien tuviera que explicárselo. Seguramente va a seguir reinventándose, va a seguir siendo parte del fútbol internacional, pero desde otro lugar. Y ahí queda la comparación que la política todavía no resuelve: hay dirigentes que se van del cargo pero jamás sueltan el poder, y hay otros que entienden que soltar el cargo es, justamente, la forma de seguir teniendo un lugar. Esa es la diferencia entre resistirse a que termine una etapa y saber en qué otra empezar a ser necesario.

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