MASSA ACELERA SU VUELTA Y APUESTA A QUE KICILLOF Y CRISTINA SE DESGASTEN ENTRE ELLOS

Sergio Massa dejó atrás el perfil bajo que sostuvo desde el inicio del gobierno de Javier Milei y empezó a mostrarse en escenarios peronistas con una cadencia que no es casual.

30 de agosto de 2026

Pasó por Rosario para acompañar la presentación de un libro del diputado Diego Giuliano, habló con jóvenes militantes del Frente Renovador y ya tiene marcada en el calendario una nueva aparición pública: el 8 de septiembre estará en el homenaje a José Manuel de la Sota organizado por Candelaria de la Sota, la hija del exgobernador cordobés con quien selló en 2015 la alianza Una Nueva Alternativa. No ganaron esa elección, pero el propio Massa sacó más del 21% representando el espacio de centro donde dice sentirse cómodo.

La escena de fondo es más filosa que la agenda pública. Un dirigente que habla con el tigrense desde hace más de veinte años resume la estrategia en una frase: que el cristinismo y Axel Kicillof se consuman en la interna y que después aparezca él como la salida de consenso. Es una apuesta que necesita dos piezas simultáneas y contradictorias: el aval explícito de Cristina Fernández de Kirchner para no quedar afuera de la ecuación de poder del PJ, y al mismo tiempo el desgaste del gobernador bonaerense, a quien parte del propio armado massista describe con el estigma de siempre —”hasta el apellido empieza con K”— para bloquearle el camino.

La ficha que Massa todavía controla es la ley de reelección indefinida de intendentes. El bloque del Frente Renovador, que en la gestión de María Eugenia Vidal impulsó el límite de dos mandatos, no acompañará ahora el proyecto de Kicillof para modificarlo. Sin esos votos, el gobernador no puede cumplirles a los intendentes bonaerenses que empujan el cambio, y esa deuda pendiente es exactamente el tipo de resentimiento territorial que Massa necesita para restarle apoyos a Kicillof puertas adentro del PJ.

Kicillof, mientras tanto, no confirma nada en público pero tampoco lo desmiente. En el Council of the Americas, ante empresarios reunidos en el hotel Alvear, evitó el “sí” explícito cuando le preguntaron si quiere ser presidente, aunque lo dejó entrever. Su equipo trabaja el contraste con Milei más que la construcción de una candidatura declarada: economista, sobrio, sin escándalos, con un helicóptero de gestos que buscan mostrar management por sobre relato. En el territorio, el armado avanza con nombres concretos —Héctor Daer en Formosa con Gildo Insfrán, José Luis Gioja en San Juan, el vicegobernador salteño Antonio Marocco sumado a un acto del PJ bonaerense en La Plata— mientras la orden bajada desde su entorno es no pelearse con nadie que haya colaborado con Milei y evitar las internas locales.

El problema de Kicillof no es la épica sino la duda instalada. Consultores que trabajan con foco en la provincia describen un fenómeno repetido en los focus group: buena valoración de la gestión, pero incertidumbre sobre si puede despegarse de Cristina y conducir a un peronismo que no responde solo a él. Es la grieta que sus adversarios internos —empezando por el propio massismo— explotan sistemáticamente.

De fondo, corre otra discusión que puede determinar el formato completo de la próxima elección: si sobreviven o no las PASO. El Senado empieza a tratar el tema en dos semanas y en el peronismo nadie confía en las promesas cruzadas de los gobernadores. Si las primarias se caen, el espacio deberá elegir entre un candidato único de consenso —hoy una hipótesis remota— o ir dividido, repitiendo el esquema de 2003 pero con un riesgo que en 2003 no existía: que Milei corte por arriba del 40% y gane en primera vuelta.

Para la política bonaerense, el dato que conecta directo con la administración municipal es la ley de reelecciones. Cada intendente que necesite ese cambio para sostenerse en el cargo queda, hoy, rehén de una pulseada entre dos dirigentes que todavía no formalizaron su candidatura.

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