
En el Estado empezó una purga silenciosa pero quirúrgica. No hay anuncios rimbombantes ni comunicados épicos: hay salidas. Y todas apuntan al mismo lugar. Los acuerdos heredados, los nombres con pasado pesado y los perfiles sospechados —kirchneristas, massistas o directamente incómodos— empezaron a desfilar hacia la puerta. El mensaje no es ideológico, es práctico: sacar ruido antes de que explote.
Uno de los primeros en caer fue Paul Stark, con pasado en la política bonaerense durante el sciolismo. Stark nunca terminó de explicar por qué frenaba la ley de inocencia fiscal, una herramienta clave para blanquear números y cerrar discusiones. En tiempos donde el foco está puesto en la prolijidad, su resistencia sonó más a defensa corporativa que a criterio técnico. Resultado: afuera.
En la misma limpieza entró Pierrini, secretario de Transporte y vicepresidente segundo de Independiente Rivadavia, club que preside Daniel Vila. Las denuncias de corrupción que orbitan su nombre, sumadas a vínculos cruzados entre política, fútbol y negocios, lo convirtieron en un problema más que en un activo. En esta etapa, nadie quiere explicar relaciones que no cierran.
También fue desplazado el equipo de Trenes Argentinos. Gerardo Boschin, que presidía SOFSE, venía de ser Gerente de Administración y Finanzas de ARSAT. La misma suerte corrió Leonardo Fabián Comperatore, entonces presidente de ADIF. Ambos con pasado en ARSAT y relaciones políticas asociadas a Barrionuevo y Massa, quedaron dentro del paquete de recambios que apuntan a desarmar equilibrios viejos.
El caso más veloz fue el de Gustavo Mariezcurrena, “El Facha”. No resistió ni dos semanas frente a una interna feroz en Aduana, atravesada por una grieta que no es ideológica sino operativa: recaudación versus austeridad. El soldado de Gómez Centurión ya había pasado por esa trituradora en épocas macristas, cuando terminó manchado por denuncias que luego no prosperaron. Esta vez, el desgaste fue inmediato.
La lectura es simple y brutal: ya pasaron dos años y las encuestas acompañan. Con ese respaldo, los acuerdos originales dejan de ser intocables. Las negociaciones se reabren, los márgenes se achican y los dividendos se ajustan. En esta etapa, el poder ya no paga por lealtades viejas: paga por orden, silencio y resultados.