Los nuevos pretorianos

En Roma, la Guardia Pretoriana fue creada por Augusto para custodiar al emperador. Con el tiempo, aquellos centinelas pasaron de proteger la púrpura a decidir quién la vestía. La historia ofrece su eco contemporáneo: presidentes rodeados de cortesanos que lucen la lealtad como uniforme y la practican como mercancía.

Toda república tiene su guardia pretoriana: una corte de burócratas que adula de día y negocia de noche. El peligro mayor para un líder rara vez está en sus adversarios abiertos, sino en quienes se refugian detrás de su nombre para hacer negocios. Así, un presidente puede gobernar cercado por hombres que no pelean por su causa, sino por su contrato. Son los nuevos pretorianos: viven de la sombra del emperador, no suman a su obra, consumen su capital simbólico, desgastan su imagen.

La fábula romana ayuda a fijar la idea. Entre tantos que buscaban el favor de la Urbe, dos primos originarios de Fenicia treparon hasta las gradas del Senado, no por mérito ni virtud, sino por el oro con que compraban voluntades y vendían honores. Fingían devoción al César mientras, en mercados y termas, ofrecían magistraturas como si fueran mercancía del puerto de Tiro. Creyeron que el brillo de sus monedas podía eclipsar la autoridad de Augusto; al hacerlo, mancillaron el juramento que los había elevado. Cuando el príncipe supo que el Senado se comerciaba como un bazar oriental, comprendió que la peor traición no llega del enemigo armado, sino del aliado que convierte la República en negocio y la dignidad en trueque.

La trama se repite con máscara distinta: Augusto no sólo sufre por la deslealtad de ciertos pretorianos, también por aquellos “amigos” cuyo afecto es más hondo en ambición que en lealtad. Elevado por el favor del César, uno olvida que la amistad con un príncipe exige fidelidad antes que lucro. Lo seducen el brillo del comercio y el murmullo de los banquetes; para conservar poder entre mercaderes y senadores, habla con ligereza del propio Augusto ante quienes desean verlo caer. No lo mueve el odio, sino el ego; no la traición abierta, sino la indiferencia hacia el honor ajeno. Es un fantasma de sí mismo: un infante del poder que juega en la corte como si el tiempo no lo alcanzara, convencido de que su neurona más astuta lo blindará de toda consecuencia. Roma aprende entonces que la corrupción no siempre nace del adversario, sino del amigo que, creyéndose imprescindible, vende la dignidad de quien dice defender en plena batalla contra los bárbaros de la política—los dueños del barro.

Porque el barro es otra escena de esta historia. Como los antiguos pictos del norte—hombres pintados de celeste y blanco, orgullosos de su guerra entre pantanos—el viejo partido vuelve a la arena. Sabe que en los campos despejados del cielo—donde rigen las ideas, la transparencia y el orden—su fuerza se disuelve; por eso arrastra la pelea hacia abajo, donde la niebla confunde, las palabras se embarran y la astucia vale más que la verdad. Allí, en el lodazal político, el PJ se siente en casa: conoce cada trampa, cada zanja, cada sombra desde donde asestar el golpe. Han intentado bajar la vara moral del oficialismo y han desplegado su poder de fuego en operaciones con cierto éxito comunicacional.

Frente a ese barro, también surgen en toda Roma los soldados del pueblo: los que creen en la misión y no en el privilegio. No buscan destronar al emperador, sino rescatar su causa; no lo atacan, lo defienden de quienes lo usan. Ya suena que, después del 26, comenzará la construcción orgánica de las “fuerzas del cielo”: como las legiones del Danubio que marcharon sobre Roma para vengar a Pertinax, los leales comienzan a organizarse. Son ellos quienes—como Máximo en el Coliseo—recuerdan al emperador quién es y para quién gobierna.

Esa mística tiene su escenografía reciente. En el Movistar Arena, las fuerzas del cielo alzaron sus escudos a lo largo del país: una respuesta luminosa al barro, prueba de que la convicción también puede pelear cuerpo a cuerpo cuando la causa lo exige. Allí el movimiento recuperó pulso y relato. Y ahora, entre los nombres que orbitan el círculo más cercano—Caputo, Laje, Parisini, Romo o Sotelo—habrá de erigirse el nuevo Agripa: alguien que entienda que la gloria del príncipe no se sostiene con cortesanía, sino con lealtad, disciplina y visión de largo aliento. Porque en política, como en Roma, la estabilidad no depende de los pregoneros de palacio, sino de quienes—lejos de vender honores—se atan al servicio y a la ley.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *